Dormidos en la misma ciudad

Ya no me digas así 

– Pero tejes y haces café 

Pues ya no quiero. O me llamas por mi nombre o dejamos de ser amigos. No puedes atribuirme tan pocas cosas. Sé hacer mejores cosas y lo peor de todo es que te consta. Bueno, te lo dejo claro.

– Cómo tú prefieras, mujer.

Ven a leer y a llamarme, aprende a llamarme

Ya no te atribuyas esa imagen de doctor.  Me preocupa que te preocupes y lo odio 

– Pero no te pido que lo hagas.

Torpe, eso se hace por que nace, no por que uno quiera. A veces siento que has estado perdido por ahí entre el futuro y el pasado y nada del presente 

– Yo siento que te crees pitonisa. No te preocupes

A mí ni me pienses en pedir eso. 

– … 

Besos en las calles.

En la banqueta

Debajo de un árbol

A mitad de calle

Bajo la lluvia

Besos mandados a distancia

Besos de saludo

Besos de despedida

Besos de bienvenida

Besos en el zaguán

Besos encima del auto

Besos en dentro del auto

Besos estacionarios

Besos deseados

Besos debajo de una luminaria

Besos tú y yo. Besos.

 

Escapar.

Un cuento a partir de las citas*

Seguro que le pasa en cada ciudad, esas pausas infortunadas de las que nunca vi resultados.

La vida de viaje me parecía lo más adecuado, ser yo el que se despidiera de la ciudad. Evitar comprar diarios que no me aportarían nada, me convertí más en ello que en persona.

Cierto vínculo con las ciudades a las que les decía adiós. Decirle adiós a tantas era como una soledad anunciada para un final conmigo, nada más.

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El miedo es una raya que separa al mundo. Tenía y tengo miedo de volver sin haberme ido nunca, ese estarse trasladando de aquí para allá sin itinerario claro. Llegará el día que alguien me detenga, como siempre.

Corrí por las calles sin que nadie pudiera entender cómo era que me seguían dos fantasmas. Nadie me preguntó si estaba bien, nadie me acusó y mejor caminé en otra dirección. Huí.

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Al día siguiente nos fuimos a una ciudad que no conocíamos y caminamos por calles aledañas. Fuimos al centro de la ciudad. Supimos de la primera casa construida. Ella me había convencido. No sé, me volvía loco. La ciudad nos fue atrayendo, nos metió en su juego. Nos alejamos del bar y volvimos a los besos. Me gustó desde la primera vez que la vi.

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Después de los besos y los abrazos en la banqueta, de esas personas aparentemente predestinadas para ti. Siempre he creído que la arquitectura tiene que ver con lo que se vive y se siente.

Compartía un pasado muy anterior. Tuve ganas de quedarme toda la mañana ahí, hasta que volviera.

¿Por qué un librero tan grande? “Casas que se abrazan” delimitación de espacios nada más. Estaba al tanto que no iba a ser fácil entender su ritmo de vida. Debe entender que los tiempos no permiten compartir los espacios siempre, las necesidades y los horarios de las personas no son iguales. Me separó de mi pasado para hacer algo bueno por mi y algunos rastrillos viejos en el bote de basura.

...

Veinte años después, estaba empapada en sudor, buen ejemplo de tranquilidad, en la plaza central de su ciudad. La plaza está llena de árboles, consciente con los árboles, el día que él se muera seguirán de pie, sin cansarse  apenas, sin necesidad de mayor comodidad, ni de pareja ni de sombra, sólo lo que el ambiente y la luz proveen.

Un habitante más de la ciudad que se llenó de coches y luces. Uniformes de niños multicolores y jovencitos. La urbe también es Roberto.  Un día con llamas en las periferias. La metrópoli se llama Roberto. Una ciudad que no logra mitigar aquello que le quema. Cansados de esperar un avance en ese lugar.

Apaga un cigarro en la banca. Tú eres el templo del espíritu santo. Huyó buscando un templo. Entendió que su cuerpo era esa iglesia y que el espíritu santo sollozaba dentro de el. “No pisar. No recargarse. No flash”.

Él, la destrucción de un orden anterior que ya no podía ser vigente. Transformación de los lugares sagrados. Templo como también un simple edificio, una ciudad entera, como tantas cosas.

¿Cómo luchar contra el que no se conoce?

Taparle el ojo al macho.

El amor requería de dos personas, sólo hubiera un enamorado del otro.

Daba equilibrio a sus situaciones críticas. Los que perderían serían ambos de pensar en dos y no en uno frente al otro no les pasaba por la cabeza. No era opción entenderse como pares, saberse dos.

Aunque las de los amigos siempre sean opiniones parciales. Fundir el lugar donde dormían y alimentaban.

El cerrar las puertas a los extranjeros, fue el último contrato que firmaron antes del matrimonio. El proceso se completaba, unos ratos en el hogar. Sus ratos libres. Pronto contravino un acuerdo tomado, casualidad. Hecho cenizas

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Que tarde en aprender a olvidarla diecinueve días y quinientas noches  – Joaquín Sabina.

Mientras revisaba documentos y pendientes. Burger king, claridad con tanta inmundicia.

Como se detesta después de las fracturas.

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*Todas y cada una de las frases aquí escrutas provienen de textos subrayados del libro “Urbanodontes” que leí hace unos meses, él cual me lo regalara una persona que se quedó en mi corazón por siempre. Urbanodontes fue escrito por Alfredo Carrera quien está en twitter como @sadismopuro. La producción de este libro estuvo a cargo de Pictografhia Editorial y todos los derechos del mismo corresponden a estos. Aquí lo único que intenté hacer fue contarles la historia de mis días en una ciudad diferente a través de lo que mis ojos leían, mi corazón sentía y mi manos quisieron difundir.

 

Paz.

 

Mi primera novia

Tenía 8 años y dulces en las manos cuando conocí a Yuri.

Yuri que era de la ciudad de México estaba muy acostumbrada a hacer amigos de forma pronta, yo no. Su mejor amiga, de cuyo nombre no logro recordar, era también como ella. Parecían siamesas. Nunca se despegaban. Yuri tenía los ojos más hermosos que puede tener alguien de 7 años: un color café alma,  con una curva divina que les hacía rasgados, párpados pequeños que dejaban ver  lo blanco de sus cristalinos. Era de test blanca y de cabello café claro. Todo el día estaba feliz, o cuando menos el tiempo que me dejaba la vida admirarla.  A esta edad todo lo que me importaba era jugar fútbol, conocer lugares nuevos y luego verla.

El sitio donde la conocí fue un gran complejo deportivo rodeado por un bosque donde cada verano organizaban campamentos  cerca de la grande y caótica ciudad de México. Quizá la razón de organizar estos campamentos en sitios privados se debió a las condiciones del espacio público de la ciudad y alrededores, pero quien sabe. Yuri y yo no sabíamos de nada de eso, pero sí sabíamos sobre lo que era pasear.  Mis paseos por este complejo  fueron los que me llevaron a encontrarla. Cuando nos daban la “hora del recreo” lo único que me interesaba era conocer más el sitio donde estaba, así que me dedicaba a subir sus escaleras, trepar sus barandales o árboles, merodear sus salones vacíos y aprender sobre sus competencia de fútbol desleal.

Cuando la conocí, inmediatamente quería saber más sobre ella. Tenía preguntas esperándole como ¿Cual era su juego favorito? ¿A qué le tenía miedo? ¿Cada cuanto gritaba con todas sus fuerzas? ¿Conocía de dragon ball? ¿Qué le gustaba y que no del campamento? ¿Cómo se llamaban sus papás? ¿Tenía hermanas y hermanos?… No sé, no sé. Eran tantas y a la vez tan pocas.

Pero antes de conocerle y hacerle todas esas preguntas aclaro que he aprendido que no me gustan los elogios, los halagos y las felicitaciones por las cosas que hago, entonces, cuando estaba en este campamento de verano y jugaba fútbol, la gente solía hacerlo constantemente. Me hice de cierta fama que no quería por jugar fútbol y sobre todo por hacer “chilenas”y cosas que había aprendido por jugar en la calle de mi casa, usando como portería el portón de la cochera. ¡Cuantos golazos no le metí!. Volviendo a Yuri y los elogios, estos fueron los que me llevaron a conocerla. Uno de mis amigos del campamento era muy popular con los niños y niñas, su peculiaridad es que siempre decía lo que pensaba, de tal modo que también su talento en el fútbol nos hizo compañeros muy cercanos y frecuentes, amigos. Pues los elogios de las niñas y niños nos presentaron.

El día que la conocí nunca lo voy a olvidar. Estaba sentado esperando a mis hermanos con una ricaleta y un par de zugus en las manos cuando pasó caminando y tocando el arrayán frente a mi. Lo curioso es que iba sola, sin su amiga siamesa, situación que después de ese encuentro, al incrementar mi atención sobre ella, me hizo notar  que siempre estaban juntas. Quise hablarle pero preferí contemplarla en silencio, con los ojos y los sentidos puestos en ella y su encantadora forma de acariciar las plantas. Yuri me miró y tras tres pestañeos, sonrió. No sé si me regaló esa sonrisa pero la tomé y la sigo tomando como tal. Luego se fue  y  todo el día me sentí feliz. No supe qué significaba y no me importaba saberlo.

Pasaron dos días y entonces sucedió que mi amigo y yo fuimos a las gradas de las canchas y las vimos sentadas a ella y a su inseparable y ojiverde amiga. Yuri tenía un sandwich de huevo en la boca y su amiga una lechita. Nos miraron y se pusieron nerviosas. La capacidad de comunicación de mi amigo logró enseguida romper el hielo, inclusive a mi también se me quitaron los nervios.

Las saludamos, nos presentamos y nos quedamos platicando dos horas. Por primera vez en mi vida había estado platicando tanto tiempo con una niña, a quien le hice todas las preguntas mencionadas anteriormente y más. Conocí y aprendí de Yuri a partir de aquel día.

Luego nos dimos cuenta que nos habíamos volado las clases de karate y otras que no recuerdo, entonces decidimos ir al mini-cine que había en el campamento. Otros compañeros se nos sumaron y en ese sitio fue que tuve el primer contacto emocional inolvidable con Yuri.

Aquel sitio, pequeño y oscuro, con capacidad para casi 40 personas (casi siempre niñas y niños) fue nuestro sitio de visita frecuente. Semanas posteriores, cuando llegamos al mini-cine y después de haber desarrollado un sistema de sentado, de tal forma que los cuatro quedáramos alternados y juntos, Yuri se disponía a ver la película y yo, pues a verla a ella, así que no le quitaba la mirada de forma discreta a pesar de que ambos lo sabíamos. Hasta que un día me dijo: “Ari, la película está chistosa, yo no” Y nos reímos tanto que nos hicieron callar en toda la sala. Luego, nos encontramos:

Nos vimos a los ojos casi 5 minutos sin hacer otra cosa. En estos momentos de mi vida, los besos ni existían. Fue entonces que Yuri con sus manos blancas y suaves me tocó la cara y luego sostuvo mi mano. Recuerdo bien las palabras que usó:

te pareces a mi.

Lo más que puedo expresar en estas líneas sobre lo que sentí se parece a lo que dijo Galeano: me sentí más feliz de lo que en los libros dice que se puede.

Después de ese momento quería ver a Yuri de manera más cotidiana, entonces solía frecuentar el sitio donde la vi por primera vez, no necesariamente para encontrarle, para recordar aquel momento nada más. Llegábamos a coincidir en algunas actividades del campamento, sólo intercambiábamos sonrisas y eso era todo. Sabíamos que los mundos de cada cual estaban bien y marchaban bien.

Cuando le pedí que fuera mi novia, no tenía ni idea de lo que esto significaba. Únicamente seguí lo que me dijo la razón y las charlas con mi primo. Cuando le platiqué de ella me dijo: ¿por qué no le invitas a compartir un helado o que sea tu novia o las dos? No entendía el concepto de “novia y novio” y tampoco se me ocurrió preguntarle a él. Sin embargo, había puesto atención a este concepto en mis primos o tíos mayores y veía que le daba cierta exclusividad de acercamiento a las personas, entonces me decidí.  Después de eso y aunque se acercaba el final del campamento y por tanto mi regreso a la ciudad de Puebla, decidí preguntárselo. Fue horrible y hermoso.

Le platiqué a este amiguito, el cual también traía cierta amistad con la siamesa de Yuri, si era buena idea. Me animó a resolverlo antes de que fuera el fin del campamento, al cual le quedaban 3 días. Tuve en cada día de estos, una oportunidad de hacerlo pero no lo lograba por varias razones: no encontraba el lugar, había mucha gente, me sentía nervioso, ella me contaba de otras cosas y se me olvidaba, en fin. El último día de campamento me animé a hacerlo. Está claro que no tenía idea de lo que estaba haciendo pero esa adrenalina era divertida. Me le acerqué a mitad del día y le comenté que quería preguntarle algo. Yuri parecía suponerlo todo y sonreía mucho y dejaba ver sus grandes dientes blancos.
Entonces le pregunté y aún recuerdo las palabras que usé:

Oye, Yuri, ya casi no nos vamos a ver pero quería preguntarte si (pausa de 30 segundos) ¿Quieres ser mi novia? 

Y entonces me dijo:

Mi mamá me dijo que estoy muy chiquita para tener novio, pero yo si quiero. Sí quiero. 

Y entonces: https://www.youtube.com/watch?v=MxUGFWIIZf4

Al final de este día, cuando terminaba el verano, el campamento y mi estancia en la ciudad de México, Yuri me dio una carta que decía: no me olvides,  nada más. Y bueno, a ella está dedicada esta entrada.

Lo también increíble de aquel verano estuvo en las caminatas que compartía con mi hermano, mi hermana, mi prima y sobrina. Caminábamos para llegar a nuestros destinos sobre el arroyo vehícular. También esta entrada se la dedico a mi tía Margarita quien junto con mi abuela Ángela, nos hacían las mejores malteadas del universo.

Técnicamente Yuri y yo nunca terminamos, así que seguimos siendo novios.

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La chica “tejecafé”

María apareció un día de lluvia en mi vida. Había vuelto a las caminatas en la calle de la colonia donde nací, en medio de los aguaceros que la gente hoy odia tanto. Caminaba por una de mis calles favoritas cuando “Max” el golden más mojado que he visto en la tierra, se me lanzó encima. Tras tirarme y balancear sobre mi cara su lengua, Max me regaló unos besos increíbles que decidió terminar al escuchar un largo: “Maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaxiiiiijooooode tu madre, ven aquí”. María, quien fuera la emisora de ese grito agudo, me dirigió las primeras palabras: “¿no mames estás bien?”. Y aunque no le pude ver bien la cara, un tanto por Max y otro tanto por la suma de mis lentes empapados y su impermeable grande (como la ropa que usaba Tontín, el enano de Blancanieves), le respondí con un: “no era lo que tenía planeado para un paseo en la tarde, pero me sorpendieron”. María me miró y me estiró la mano para levantar, mientras Max, con ganas de seguir corriendo forcejeaba con ella.

Y ahí comenzó nuestra primera charla:

  • Este perro es un cabrón. Es la quinta vez de este día que se me quiere escapar
  • Te está invitando a correr sobre la lluvia.
  • Lo dudo. ¿Cómo te llamas hombre?
  • Me puedes decir Fer
  • Encantada, Fer. Soy María y este cabrón es Max.
  • Mucho gusto María y Max.
  • No manches que tus lentes están así por Max ¿o es de la lluvia?
  • Creo que poquito de las 2. ¿Paseo lluvioso?
  • Algo así. Quería ir a hacer pipí y mira.
  • Terminó mojándonos a todos.
  • Tu cara. Te me haces familiar
  • Mmmm pues vivo por aquí.
  • ¿Te he visto en otro lado?
  • Conozco muy pocas personas que se llamen como tú. Quizás de vista
  • No sé, no sé ¿Para dónde vas?
  • Hacia los arcos ¿caminamos?
  • Caminamos. Vente wey (Max)

 

Así María y yo nos conocimos.  Platicamos de todo. Resultó ser una mujer con habilidades ancestrales;entre muchas cosas que hace, lee los ojos de las personas y sabe contar chistes muy malos. María y yo fuimos a su casa a tomar café e intentamos secar a Max.  Cosa no tan imposible, pero difícil.

Al final de la tarde, me contó qué hacía viviendo aquí con Max, mientras tejía y compartíamos uno de los cafés más ricos que he probado jamás.

Ella es.

María

Sueño 2.

Personas que se quedan grabadas en tu memoria. Gestos que no se olvidan y habilidades que incitan a pensarles. Le habían abierto el corazón a un niño, así sin anestesia. Pensaba que se moría. Un par de ajustes a su mecánica y quedó. 

Amó pero con miedo. 

Sueño 1

En la multitud de ciudades bajo el desierto que encontramos. Una cripta que escondía entre sus misterios secos y llenos de arena seca, había esta inscripción: 

“los días de verano comenzaron con sueños muy raros. Era un día de noviembre. Estaba deciendome a dónde, por fin, tatuarme. Y no iba al lugar ni con la persona que deseaba. La inscripción que me dejò se dividía en 2, un penacho grande, como el de alguna tribu nativa de América del Norte y el otro, un kanji japonés. Triste y a la vez desconcertado, quería regresar el tiempo. Pero cuando vi el desierto había terminando con todo. La tormenta de la que todos hablaban nos había alcanzado. La arena ya estaba aquí. Apiádate de nuestro silencio” 
Se lo compartí al salón que estaba bajo las compuertas de navegación. Todos estábamos aterrados de miedo. Queríamos volver a casa.